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Calandrias fugitivas que van pasando, / de tiempos de leyenda vivo trasunto, / por ella cruzan vagando, / los derroches del ingenio del contrapunto." Con estos versos de Evaristo Carriego, payador antes que tanguero, extiende su mano agrietada para recibir el amargo fraterno. El payador vuelve su mirada hacia el hoy, con la memoria viva de cada camino abierto que lo ha empujado más al horizonte lejano y nebuloso de sus orígenes, de su génesis. Sigue floreándose en el recuerdo, amasijando el pasado como una madeja indescifrable de versos, sin importarle dónde está la punta o el final; sufre, canta o llora, pero palpita -¡y cómo!-, la Criolla que nos ha envuelto, con esta arraigada y añosa expresión cultural rioplatense que es el arte payadoril, dando muestras de vigencia y vitalidad. Durante largas jornadas, desde que el pasado domingo las guitarras y acordeonas anunciaron que comenzaba la fiesta, la mano va y viene con el mate o la pava, con la petaca rebosante de caña o con las cartas gastadas de un truco interminable; así nos llega su aliento inconfundible, desde y hasta los fogones, compañeros de siempre del paisano, en la yerra, en el descanso, a campo abierto o en las cocinas cálidas de los ranchos, símbolo solidario de las criollas sin almanaque, hasta ganar las noches urbanas de la gran ciudad. Claro, es el payador que regresa. El que viene con su changango y sus versos repentistas desde el fondo mismo de la historia; quien nos lleva de la mano por los laberínticos senderos de nuestra identidad cultural. El que hace oír su voz desde las instancias propias del ruedo en donde la gauchería y los baguales bravíos se trenzan en eterna lid, hasta los rincones más apartados del Prado.
La vigencia de los payadores
Ahora podemos cerrar los ojos y sólo descubrir en los sonidos del aire, esa presencia por momentos algo difusa que conjuga tantas cosas que nos resultan familiares, que son vitales; porque el payador eterno, el que recorre todas las épocas con su espíritu libre e indómito, trae consigo las coplas de queridos artistas populares que hicieron del arte de la payada una forma de expresión insoslayable.
Entonces, se acercan a los escenarios del Prado, Carlos Molina, el legendario Joaquín Lenzina, conocido popularmente como Ansina, y a quien la "historia uruguaya" sólo le había asignado el pobre papel de cebarle mate a Artigas en Paraguay a la sombra de un ibirapitá, cuando en verdad era un oficial del ejército artiguista y médico, además de religioso de los grupos afro americanos que acompañaron la gesta del prócer, poeta y payador; el gran Bartolomé Hidalgo, poeta andariego, payador auténtico, con sus cielitos, cifras, milongas y estilos; Villoldo, todo un payador de fuste, o el inolvidable Florentino Callejas con su "puñal uruguayo", y en alas de una pasión avasallante nos encontramos con el salteño Victoriano Núñez, Braulio Césaro, Arturo De Nava improvisando en el "Circo Oriental" de la calle Tacuarembó, en 1885; Juan De Nava, padre de Arturo, Edmundo Montaigne, Cayetano Daglio, Eduardo Sagredo, el duraznense Pedro Medina, ganador del Concurso de Payadores en la primera Semana Criolla y relator del Prado durante muchos años; el trotamundos Pelegrino Torres, o el floridense Placeres Gazzo, elevando al cielo su "Protesta": "El día que me vaya / al mundo de los muertos / donde van y no vuelven / los que se van de acá / no quiero que me lloren / hermanos ni parientes / yo no preciso llantos / promesas ni piedad."
El payador en su regreso vuelve la mirada hacia el alma de las cosas, nos sitúa en la nostalgia, nos pone cara a cara con aquéllos hombres, y con tantos más que no nombramos pero que siguen pulsando el encordaje para hacer resonar la voz del terruño, el alma de la rebeldía y el canto libertario. Él ya está en el presente, el silencio y la calma baten alas, la Criolla del Prado irrumpió, el ruedo sacudió su modorra, el eco persistente del rumor casi imperceptible de las añosas araucarias nos ha invitado a las peñas y fogones durante toda la semana, cada guitarra una leyenda.
El Escenario Carlos Molina, vibra con un contrapunto histórico entre un payador chileno y un uruguayo, sin cámaras de televisión, sin transmisión en vivo, sin más testigos que el público presente, como en los recreos de antaño.
El embrujo de los payadores cruzó la noche del Prado montevideano; él tomó la guitarra, presintió al público en la penumbra de la enramada y se dispuso a cantar una décima: "Yo soy pasado y presente / de la historia americana / blando corazón de ceibo / y dura espina de tala. / Yo soy amor y firmeza, / desinterés y constancia / carne de tu misma carne / tronco de tu misma rama. / Soy un gaucho arrodillado / en el altar de la patria." |
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